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	<title>Comments on: Bruce Springsteen</title>
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		<title>By: Santiago Iglesias</title>
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		<dc:creator>Santiago Iglesias</dc:creator>
		<pubDate>Wed, 05 Aug 2009 16:29:12 +0000</pubDate>
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		<description>Nada (o casi nada) nuevo se puede añadir a estas alturas a la figura de Bruce Springsteen. La única novedad reside en que pasó por esta ciudad tan poco dada a eventos musicales de esta índole, aunque para ser justo diré que algo se mueve últimamente a esos niveles  y que parece encaminarnos a una era más prolífica de conciertos.
Escribo mi visión personal al respecto: no soy asiduo al fenómeno de los macro-conciertos por el temor a que lo que es música se convierta en algo que difiera ligeramente -casi imperceptiblemente- de ese concepto y se presente en forma de show-  bussines, acto mediático o esperpento. Yo prefiero escuchar, atender, interpretar, vivir y soñar con música. 
Tan sólo unos días antes de esa fecha señalada del primero de Agosto (me permito decir señalada porque un servidor se hizo un año más mayor) disfruté de un concierto de James Taylor en Madrid, todo un derroche de calidad musical bañada y bien envuelta por un repertorio lleno de corazón y melodías perdurables que se acomodan en lo más íntimo de los privilegiados que asistimos. Un par de meses antes ocurrió lo mismo con Jackson Browne en San Sebastián. Esas eran mis referencias.
Le llegó el turno a Springsteen y acudí como quien se dirige ciegamente a algo que se intuye grandioso, y así fue. Todas las crónicas ya lo han plasmado de múltiples formas y absolutamente todas ellas de mejor manera de lo que yo osara escribir, por lo que me limitaré a ponerle una etiqueta a lo que yo viví: Honestidad. 
Escuchar “Hungry Heart” me transportó a un viaje en coche, hace más de 25 años, por La Alberca con una puesta de sol única y los acordes de esa canción llenando todos lo sentidos. Era música en estado puro, fuerza, una especie de mazazo contundente que hacía despertar del hipnotismo que ejercían otras músicas menores del panorama nacional. Desde entonces han sucedido muchas cosas en la vida del señor Bruce y en la mía pero algo que se podrá afirmar solemnemente es que el amor por la música permanece intocable como un tesoro, algo que se manifiesta como un acto de fe y, por lo tanto, irrenunciable.
Verle en el escenario ofreciendo el mismo impulso tras tantos años de conciertos hace que uno se rinda a la evidencia; su honestidad reside en su capacidad de convertirse en un comunicador que logra que un aforo empatice con el torrente musical que es capaz de ofrecer, y ese aforo puede ser de unas docenas de personas en un concierto improvisado en una calle de Copenhague http://www.youtube.com/watch?v=LWQV7agBFtE o de los 34000 que le disfrutamos ese sábado.
Y canta... ¡claro que canta! Porque no hay haces de luces que distraigan las miradas, ni grandes elementos en el escenario que seduzcan los sentidos, ni proyecciones fabulosas que, cual encantadores de serpientes, cautiven la atención para disimular carencias que el paso del tiempo hubiera mutilado en él; al contrario, pude escuchar cada sílaba que salía de su boca, a veces susurradas en los momentos en los que la canción permitía aflorar el poeta que tiene dentro, y otras, voceadas con fuerza y energía, en las que compuso para provocar, despertar y protestar.
El show es él, bien secundado y protegido por una banda que aporta un flujo incansable de acordes como una máquina perfecta, pero es él, el hombre honesto que vive cada concierto de forma personal.
Posiblemente seguiré evitando los macro-conciertos, pero los otros, los que sí llevan parafernalia que disimule y prostituya ese noble arte que brota del corazón y de algunas regiones cerebrales y que no es ni más ni menos que música, música honesta como las de Browne, Taylor y Springsteen.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Nada (o casi nada) nuevo se puede añadir a estas alturas a la figura de Bruce Springsteen. La única novedad reside en que pasó por esta ciudad tan poco dada a eventos musicales de esta índole, aunque para ser justo diré que algo se mueve últimamente a esos niveles  y que parece encaminarnos a una era más prolífica de conciertos.<br />
Escribo mi visión personal al respecto: no soy asiduo al fenómeno de los macro-conciertos por el temor a que lo que es música se convierta en algo que difiera ligeramente -casi imperceptiblemente- de ese concepto y se presente en forma de show-  bussines, acto mediático o esperpento. Yo prefiero escuchar, atender, interpretar, vivir y soñar con música.<br />
Tan sólo unos días antes de esa fecha señalada del primero de Agosto (me permito decir señalada porque un servidor se hizo un año más mayor) disfruté de un concierto de James Taylor en Madrid, todo un derroche de calidad musical bañada y bien envuelta por un repertorio lleno de corazón y melodías perdurables que se acomodan en lo más íntimo de los privilegiados que asistimos. Un par de meses antes ocurrió lo mismo con Jackson Browne en San Sebastián. Esas eran mis referencias.<br />
Le llegó el turno a Springsteen y acudí como quien se dirige ciegamente a algo que se intuye grandioso, y así fue. Todas las crónicas ya lo han plasmado de múltiples formas y absolutamente todas ellas de mejor manera de lo que yo osara escribir, por lo que me limitaré a ponerle una etiqueta a lo que yo viví: Honestidad.<br />
Escuchar “Hungry Heart” me transportó a un viaje en coche, hace más de 25 años, por La Alberca con una puesta de sol única y los acordes de esa canción llenando todos lo sentidos. Era música en estado puro, fuerza, una especie de mazazo contundente que hacía despertar del hipnotismo que ejercían otras músicas menores del panorama nacional. Desde entonces han sucedido muchas cosas en la vida del señor Bruce y en la mía pero algo que se podrá afirmar solemnemente es que el amor por la música permanece intocable como un tesoro, algo que se manifiesta como un acto de fe y, por lo tanto, irrenunciable.<br />
Verle en el escenario ofreciendo el mismo impulso tras tantos años de conciertos hace que uno se rinda a la evidencia; su honestidad reside en su capacidad de convertirse en un comunicador que logra que un aforo empatice con el torrente musical que es capaz de ofrecer, y ese aforo puede ser de unas docenas de personas en un concierto improvisado en una calle de Copenhague <a href="http://www.youtube.com/watch?v=LWQV7agBFtE" rel="nofollow">http://www.youtube.com/watch?v=LWQV7agBFtE</a> o de los 34000 que le disfrutamos ese sábado.<br />
Y canta&#8230; ¡claro que canta! Porque no hay haces de luces que distraigan las miradas, ni grandes elementos en el escenario que seduzcan los sentidos, ni proyecciones fabulosas que, cual encantadores de serpientes, cautiven la atención para disimular carencias que el paso del tiempo hubiera mutilado en él; al contrario, pude escuchar cada sílaba que salía de su boca, a veces susurradas en los momentos en los que la canción permitía aflorar el poeta que tiene dentro, y otras, voceadas con fuerza y energía, en las que compuso para provocar, despertar y protestar.<br />
El show es él, bien secundado y protegido por una banda que aporta un flujo incansable de acordes como una máquina perfecta, pero es él, el hombre honesto que vive cada concierto de forma personal.<br />
Posiblemente seguiré evitando los macro-conciertos, pero los otros, los que sí llevan parafernalia que disimule y prostituya ese noble arte que brota del corazón y de algunas regiones cerebrales y que no es ni más ni menos que música, música honesta como las de Browne, Taylor y Springsteen.</p>
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