El boligrafo cumple 75 años.
El popular boli fue un invento de un periodista.
En pocos años se convirtió en un utensilio imprescindible tanto en los ámbitos laborales, como académicos y en el hogar.
No podía ser de otra manera tuvo que ser un periodista cansado de que le fallasen continuamente las estilográficas quien descubrió este utensilio que pronto se universalizó.
La historia fue más o menos así :
Agencias:
László Biró (Budapest, 1899) acababa de firmar un documento en un hotel húngaro cuando fue abordado por un desconocido que se declaró impresionado al verle utilizar un bolígrafo. La pieza era un prototipo que había inventado el propio Biró, un ingenioso periodista que, cansado de las limitaciones de la pluma estilográfica, ideó una alternativa limpia y eficaz. El individuo resultó ser el entonces presidente argentino, el general Agustín Pedro Justo, que le instó a trasladarse a Buenos Aires para desarrollar y comercializar su invento. Dado que en su Hungría natal no iba a ser capaz de sacar provecho de su ingenio, Biró no vaciló.
En primera instancia, él y su hermano Georg se trasladaron a París, donde conocieron a Juan Jorge Meyne, quien a la postre se convirtió en el socio y mejor amigo de ambos. Tras registrar un primer modelo de bolígrafo en Francia, se vieron obligados a huir de los nazis debido a su condición judía, para instalarse en la capital argentina. Nada más llegar adquirieron la nacionalidad y fundaron la empresa Biró-Meyne-Biró. En sus primeros intentos fracasaron: el bolígrafo perdía tinta y manchaba camisas, chaquetas y documentos. Llegaron a venderlo con un vale para la tintorería, pero la estrategia no convenció al público.
Después de un año de pruebas fallidas, el dinero se evaporó y Biró se planteó cerrar la fábrica. Sin embargo, era un hombre con demasiado empuje como para quedarse en la lona después del primer puñetazo. Aunque no podía pagar a sus 31 empleados, éstos permanecieron fieles y juntos consiguieron ver la luz a finales de 1941. Dos años más tarde patentaron un nuevo modelo perfeccionado de su invento y lo sacaron al mercado con el nombre ‘Birome’ -acrónimo de los apellidos de los hermanos y su socio-.
El bolígrafo no tardó en desplazar a la estilográfica, que exigía mojar tinta continuamente y seguía manchando a sus usuarios, y erigirse en un éxito total entre los ciudadanos argentinos. El inconveniente era su alto precio, que se equiparaba al modelo de pluma más caro, pero la eficacia y la comodidad del Birome frente a sus competidores le reportó fama mundial. Este año se cumple el 75 aniversario de la invención de este revolucionario instrumento.
Punta esférica
Biró, que durante veinte años se dedicó en cuerpo y alma a mejorar la eficacia de su bolígrafo, necesitó otros seis para dar con la tinta idónea, impermeable y casi indeleble. Para eso tuvo que encontrar una que se mantuviera líquida en el depósito del bolígrafo pero se secara rápidamente una vez extendida.
Pero el mayor acierto del inventor había sido instalar una bolita en la punta de la pluma que, al girar a su paso sobre el papel, iba dejando un rastro de tinta. Obtuvo la idea observando a unos niños que jugaban en la calle con canicas: cuando éstas atravesaban un charco, salían trazando una línea uniforme de agua en el suelo. La dificultad de trasladar ese mecanismo a la punta de un instrumento de escritura residía en la imposibilidad de desarrollar esferas de un tamaño suficientemente pequeño. Este problema se resolvió cuando una empresa sueca creó unas esferas de tungsteno que solventaron el problema. El éxito de la invención era ya una realidad. Gracias a ello, en 1944 Biró vendió la patente a la firma americana Eversharp-Faber por dos millones de dólares, una cantidad muy por encima de los 300.000 que iba a pedir inicialmente.
Para rememorar la labor de Biró, Argentina celebra en su cumpleaños, el 29 de septiembre, el Día del Inventor.
El ‘bolígrafo atómico’
Sin embargo, la jugada maestra la realizó Marcel Bich, un industrial francés que le compró la patente para Europa y consiguió rebajar los costes de producción para comercializarlo a un precio asequible. Bich utilizó la tecnología de los relojeros suizos, capaces de cortar y dar forma a piezas de metal de una centésima de milímetro, para obtener una esfera de acero inoxidable y de un milímetro de diámetro que permitía a la tinta fluir libremente.
Tras muchas pruebas, Bich consiguió un grosor de tinta que nunca goteaba ni se obstruía y bajo licencia de Bíró lanzó en 1950 el Cristal. En 1953 el ejecutivo de publicidad Pierre Guichenné le convenció para acortar su apellido a Bic y adoptarlo como marca comercial para el bolígrafo; un nombre fácil de recordar y adaptable a todo el mundo que conquistó los mercados en la post-guerra.
La esfera de acero del Bic Cristal, conocido en Francia como el ‘bolígrafo atómico’, y su diseño ergonómico fueron claves para erradicar a las plumas estilográficas durante los años 50 y 60. Tal ha sido su éxito que en 2005 la fábrica francesa anunció que había alcanzado la escalofriante cifra de cien mil millones de unidades vendidas de su artículo más universal.
El desarrollo y la evolución del invento ha permitido que en la actualidad se puedan encontrar bolígrafos policromáticos, otros que hacen las veces de linterna e incluso los que permiten escuchar la radio o música. Pero el Bic, el de toda a vida, es el único que permanece en la memoria colectiva universal.


